No sólo madera da el bosque


De acuerdo a cifras de Conaf, en Chile tenemos 15.6 millones de hectáreas de bosques, de las cuales 13,4 millones de hectáreas corresponde a Bosque Nativo.

Según Rodrigo Catalán, coordinador del Programa de Conservación con Comunidades de la oficina en Chile del Fondo Mundial para la Vida Silvestre (WWF en inglés), estima que los Productos Forestales no maderables (PFNM) pueden llegar a constituir entre el 30 y el 40 por ciento del uso comercial de un bosque. Si esta estimación es correcta, entonces se abre una tremenda oportunidad para las comunidades que viven cercanas a este patrimonio.

La Revista del Campo de El Mercurio, trae este artí­culo, escrito por Rodrigo Obreque Echeverrí­a donde nos habla de la otra oferta de los árboles nativos.
Avellanas, piñones, hongos comestibles y plantas ornamentales, entre otros, se abren espacio en los mercados y con dos grandes beneficios: permite el desarrollo de comunidades campesinas e indí­genas y promueve el uso sustentable de los recursos naturales.


RODRIGO OBREQUE ECHEVERRíA,

VALDIVIA

El bosque nativo es como un baúl. Por fuera se ve sólo su cubierta, pero si uno se asoma a su interior se encuentra con cientos de secretos y sorpresas. Se trata de plantas medicinales, ornamentales y tintóreas; materiales para cesterí­a; semillas, como piñones y avellanas; extractos de uso industrial; frutos, como la murta, y hongos comestibles, entre otros. Son los productos forestales no madereros (PFNM): una infinidad de elementos naturales que esconden una riqueza económica insospechada y que se transforman rápidamente en la llave del desarrollo sustentable del recurso. De paso, se convierten en una fuente de ingresos para cientos de pequeños agricultores de las zonas más pobres del paí­s.

Rodrigo Catalán, coordinador del Programa de Conservación con Comunidades de la oficina en Chile del Fondo Mundial para la Vida Silvestre (WWF en inglés), estima que los PFNM pueden llegar a constituir entre el 30 y el 40 por ciento del uso comercial de un bosque.

“El bosque es un ecosistema que puede producir múltiples cosas, pero si apuntamos a sólo un mercado, o tenemos sólo el conocimiento técnico para sacar leña, por ejemplo, es muy posible que subutilicemos su valor y, a la vez, lo presionemos y degrademos. Pero si tenemos una visión más integral, podrí­amos estar pendientes de todo el valor que le podemos sacar”, explica Catalán.

Significa que a través de esta actividad el bosque nativo se transforma en una fuente de ingresos y adquiere un valor económico que hasta ahora no siempre tení­a para sus propietarios. Dato a tener en cuenta, especialmente si se considera que buena parte de la superficie está en manos de pequeños campesinos, para quienes hasta hace algún tiempo tení­a poco valor, por lo que no dudaban en cortar los árboles para leña o meter animales que dañaban los renovales.

“La recolección periódica de productos del bosque garantiza un ingreso complementario estable y seguro en la economí­a de muchas familias. La caracterí­stica estacionalidad de la producción permite mantener, en algunos hogares, una actividad casi continua que se reparte entre sucesivos productos”, indican Alberto Tacón, íšrsula Fernández, Juana Palma y Fredy Ortega en el libro “El mercado de los productos forestales no madereros y la conservación de los bosques del sur de Chile y Argentina.

Los PFNM tienen la ventaja de que pueden ser cosechados anualmente, a diferencia de la madera, que se puede obtener cada cinco o diez años. Y además, son recursos inagotables, si el bosque se mantiene en buen estado de conservación.

“Buscamos alternativas económicas que fueran compatibles con la conservación, y dentro de ellas, por lo que vemos de la realidad local y nuestra experiencia en otros paí­ses, los PFNM aparecen como una de las de mayor potencialidad”, precisa
Catalán.

No basta con las ganas

En la cordillera de Nahuelbuta de la Novena Región un grupo de mujeres campesinas de la localidad de Las í‘ochas se dedica con éxito a recolectar y vender avellanas. Con su empuje contribuyeron a dinamizar la economí­a de la comuna de Carahue e incluso han obtenido premios del Fondo de Innovación Agraria (FIA) y del BancoEstado, porque le agregaron valor a los productos. Tan bien les ha ido, que su aporte al ingreso familiar supera el de sus maridos, la mayorí­a productores de carbón, y con ello han conseguido que sus hijos y esposos se unan al negocio.

Más al sur, en la cordillera de la Costa de la Décima Región, la Asociación de Mujeres Recolectoras de Follaje quiere revertir la historia de su comuna, San Juan de la Costa, la más pobre del paí­s según un informe elaborado por el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) y Mideplán, pero también una de las más ricas en recursos naturales. La asociación la compone una veintena de mujeres huilliches que diariamente desafí­a al viento y la lluvia para internarse en el bosque a buscar plantas y flores ornamentales, que enví­an a viveros en Osorno y Santiago.

Sólo un par de ejemplos de los muchos que hay entre las cerca de 200 mil personas que viven de los PFNM, según estimaciones del Instituto Forestal (Infor). Son campesinos e indí­genas han utilizado desde siempre buena parte de esos productos como parte de su baterí­a de subsistencia.

Sin embargo, no se trata de que los campesinos se inserten en el bosque y comiencen a extraerlos. Para que efectivamente se transformen en un aporte económico deben trabajarse con mentalidad “empresarial”, es decir, buscar aquellos que respondan a alguna necesidad del mercado.

Por ello, ahora, apoyados por entidades públicas y privadas trabajan fuerte para comercializarlos “en bruto” o con valor agregado. Explotan, en distintos niveles, los ya conocidos, y descubren muchos otros que esperan develar sus secretos para engrosar la oferta a los consumidores de productos naturales.

Pero no basta. En un reciente seminario sobre estos productos organizado por WWF en Valdivia, los participantes esbozaron algunas medidas que el Gobierno podrí­a impulsar para potenciar la actividad.

Entre ellas está el incluir en los planes de manejo forestal a los productos forestales no madereros, posibilidad que existe, pero que según Catalán no se utiliza.

Otra medida esbozada es que el proyecto de ley de bosque nativo incluya a los PFNM.

“En la medida que se haga un reglamento especí­fico podrí­a haber incentivos, por ejemplo, para producir avellanas, y eso potenciarí­a enormemente la actividad y harí­a que los técnicos e ingenieros forestales ampliaran su visión sobre los usos del bosque”, sostiene el experto.

Para que los productos forestales no madereros continúen saliendo del baúl, también se hace necesario formalizar el mercado en que se transan y que los productores se asocien para conseguir mejores precios.

De esta forma, se prevé una larga vida para la actividad y también para el bosque nativo.

Mujeres en busca de follaje

La pobreza de San Juan de la Costa contrasta con la riqueza de sus recursos naturales. Los bosques nativos del sector poseen productos tan variados como murtas, hongos comestibles, plantas ornamentales, hierbas medicinales, plantas para teñir tejidos y materiales para hacer cestos o artesaní­as.

Grupos emprendedores apuestan a aumentar a través de esos productos, sus ingresos por sobre los $38 mil mensuales actuales. Uno de ellos es la Asociación Indí­gena Mujeres Follaje San Juan, compuesta por 20 mujeres de las comunidades huilliches que extraen plantas y flores ornamentales.

“Cada vez tenemos más pedidos”, cuenta Milagros Aucapán, presidenta del grupo.

Incluso están asustadas, porque una empresa que provee de follaje a los supermercados quiere adquirirles más de nueve mil paquetes al mes.

También surgió la posibilidad de exportar plantas ornamentales a Holanda.

Juana Palma, ingeniera forestal que las asesora, cuenta que esta actividad ha implicado una notable mejorí­a en la calidad de vida de las recolectoras. “Les ayuda a su autoestima, a sentirse más seguras, porque aportan al ingreso familiar”.

Recolectores de Piñones

Para las 53 familias Meliñir, pehuenches que constituyen la comunidad Quinquén, en la comuna de Lonquimay, el piñón es su vida. Con él las mujeres preparan puré, harina, pasteles y hasta licores. Ahora, además, el fruto de la araucaria, les genera ingresos.

“Toda nuestra vida gira en torno al piñón. Ahora también lo vendemos o hacemos trueques por harina y otras cosas”, dice Darí­o Meliñir patriarca de la comunidad.

En verano, desde los niños hasta los ancianos recolectan los piñones. Cuando ya se derritió la nieve del invierno, los jóvenes trepan por el tronco de las araucarias para alcanzar las ramas más altas y sacudirlas con fuerza. Los más chicos y los más viejos golpean las ramas con palos, hasta que los piñones caen.

En las temporadas buenas la comunidad reúne hasta dos toneladas que venden a $100 el kilo a un intermediario. En las épocas de escasez, el kilo puede costar hasta $300. Pero el precio no les satisface, porque saben que si pudieran llegar por su cuenta hasta los mercados, sus ganancias serí­an hasta tres veces más altas.

Esa es su meta, pasar de productores a comercializadores directos.

CLASIFICACIÓN

El libro de WWF plantea que los PFNM del bosque templado húmedo chileno se clasifican en siete grupos, de acuerdo a su uso:

1. Productos comestibles: Incluye alimentos de origen silvestre que se pueden consumir directamente o luego de procesamientos sencillos. Destacan en este grupo los tubérculos (como la papa), tallos (nalcas y ruibarbos), hojas, brotes, frutos (murta, zarzamora y avellana, por ejemplo), semillas y hongos (digüeñes).

2. Plantas medicinales: La población rural las ha usado tradicionalmente para el tratamiento de enfermedades. Las más difundidas son el bailahuén, boldo, llantén, matico y mosqueta, por nombrar algunas.

3. Plantas tintóreas: Existen frutos, follajes, cortezas y raí­ces de numerosas especies herbáceas y leñosas que se usan para el teñido de fibras textiles, como el canelo, maitén, mora, quila y notro.

4. Materiales de cesterí­a, construcción y elementos de uso artesanal: En el sur de Chile se usa el colihue y otras especies de bambú para la construcción de viviendas, y además hay otras plantas trepadoras, conocidas genéricamente como voqui, que las comunidades mapuches usan para confeccionar canastos y artí­culos decorativos.

5. Extractos de uso industrial: La flora chilena es rica en especies aromáticas de interés para la producción de extractos de uso cosmético y medicinas, como la avellana, el boldo, laurel, meli, la mosqueta y la murta.

6. Semillas y material de propagación: La turba, generada por especies de musgos, es uno de los componentes naturales usado con mayor frecuencia para elaborar sustratos de propagación de plantas, por sus propiedades fí­sico-quí­micas.

7. Plantas y follajes ornamentales: Las especies del bosque Siempreverde chileno tienen caracterí­sticas de forma, tamaño, color y brillo que las hacen atractivas para su uso en arreglos florales, y que son muy cotizadas en el mercado nacional e internacional. Destacan, entre muchas otras, los helechos, la quilineja, el romerillo, la araucaria, el copihue, el laurel y el raulí­.

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